24 diciembre, 2011

Amor y Paz no solo en Navidad

                                                                                                               

En este mes de diciembre, día 9 del año 1982, murió  injustamente reconocido por su gran obra Rafael de León. Poeta-letrista que pertenece por derecho propio a la Generación del 27. Fue homosexual como Lorca, del que muchas veces se le pegó su magnifíca poesía y amistad.
Hoy, 24 de diciembre de 2011 –Nochebuena-, escribo para recordar a tantos seres que viven o se fueron irreconocidos, anónimos, sin amor, sin prestarles la más mínima atención que  simplemente como personas merecen.
Vivimos tiempos donde los valores humanos se han quedado como obsoletos, en desuso, archivados en los cajones empolvados del olvido.
Qué importa como el caso que nos ocupa haya producido más de mil poesías, como: “Profecía”; “Romance de la serrana loca”; “en colaboración con Antonio Quintero o infinidad de letras de canciones como: “Coplas”; “Arturo”; “Cinelandia”; “Cine sonoro”; “Manolo Reyes” o “Siempre Sevilla”.
En colaboración con el argentino Salvador Valverde, el cuplé: “Bajo los puentes del Sena”, estrenado por la cupletista Raquel Meyer.
En unión del maestro Ochaita, títulos como: “¡Ay, Maricruz!”; “María de la O”; “Triniá” y la extraordinaria canción: “Ojos verdes”.
Con Xandro Valerio la letra de: “Tatuaje” y “La Parrala”.
El programa televisivo, "Se llama copla", casi siempre por medio de  Hilario le hacen algún honor y ensalzan su figura. No lo suficiente, aunque es de agradecer.
Cuando en estas fechas nos intercambios mensajes de paz y amor yo lo hago recitando una de sus creaciones: “Romance”.
Por supuesto no escapo a esta sinrazón ni excusa; no hay ningún motivo que pueda justificar tal despropósito: el desamor y la guerra.
Rafael expresó una historia que me gusta; se sale de lo corriente, de la monotonía, de los grandes centros comerciales, del superfluo consumo, que crispa a los que juzgan, sin saber que el amor y la paz  no son solo unas palabras en un día, sino la más claras Felicidades que debíamos demostrar las personas en todos los de nuestra vida.

                                                             Romance de Rafael de León
 
Romance
Yo me acerqué hasta tu vera
con miedo, ¿por qué negarlo?
En las sienes me latían
cincuenta y dos desengaños;
gris de paisaje en los ojos,
risas sin sol en los labios,
y el corazón jadeante
como un pájaro cansado.
Yo me acerqué hasta tu vera
con miedo, ¿por qué negarlo?
Te reventaba en la boca
un clavel de veinte años
y en la mejilla un süave
melocotón sonrosado.
Cuando dijistes: "Te quiero"
fue tu voz igual que un caño
de agua fresca en una tarde
calurosa de verano.
Se me echó encima el cariño
lo mismo que un toro bravo
y quedé sobre la arena
muerto de amor y sangrando
por cuatro besos lentísimos
que me brindaron tus labios.
De la sien a la cintura,
de la garganta al costado.
¡Qué boda sin requilorios
sobre la hierba del campo!
¡Qué marcha nupcial cantaba
el viento sobre los álamos!
¡Qué luna grande y redonda
iluminó nuestro abrazo,
y qué olor el de tu cuerpo
a trigo recién cortado!
El pueblo, a las dos semanas
hizo lengua en los colmados,
en las barandas del río,
en la azotea, en los patios,
en las mesas del casino
y en los surcos del arado:
"Un hombre que peina canas
y que le dobla los años".
Es cierto que peino canas
pero en cambio, cuando abrazo
soy lo mismo que un olivo,
igual que un ciprés sonámbulo,
Cristobalón de aguas puras
que atraviesa el río a nado
si ve en la orilla unos ojos
o una boca hecha de nardos,
para cortarle el suspiro
con el calor de mis labios.
Que me escupan en la frente,
que me pregonen en bandos,
que vayan diciendo y digan.
Tú conmigo; yo a tu lado
respirando de tu aliento,
yendo al compás de tus pasos,
refrescándome las sientes
en la palma de tu mano.
Centinela de tus sueños,
hombro para tu descanso,
Cirineo de tus penas
Y San Juan de tu calvario
para quererte y tenerte
en la noche de mis brazos.
¡¿Qué importa que haya cumplido
cincuenta y pico de años?¡
¿En qué código de amores,
en qué partida de cargos,
hay leyes que determinen
la edad del enamorado?
En cariños no hay fronteras,
ni senderos, ni vallados,
que el cariño es como un monte
con un letrero en lo alto
que dice sólo: "¡Te quiero!"
Y colorín colorado.


ASÍ TE QUIERO
                                                  A Conchita Piquer

El día trece de julio
yo me tropecé contigo.

Las campanas de mi frente,
amargas de bronce antiguo,
dieron al viento tu nombre
en repique de delirio.
Mi corazón de madera
muerto de flor y de nidos,
floreció en un verde nuevo
de naranjos y de gritos,
y por mi sangre corrió
un toro de escalofrío,
que me dejó traspasado
en la plaza del suspiro.

¡Ay trece, trece de julio,
cuando me encontré contigo!

¡Ay, tus ojos de manzana
y tus labios de cuchillo
y las nueve, nueve letras
de tu nombre sobre el mío
que borraron diferencias
de linaje y apellido!

¡Bendita sea la madre,
la madre que te ha parido,
porque sólo te parió
para darme a mí un jacinto,
y se quedó sin jardines
porque yo tuviera el mío!

¿Quieres que me abra las venas
para ver si doy contigo?
¡Pídemelo y al momento
seré un clavel amarillo!
¿Quieres que vaya descalzo
llamando por los postigos?

¡Dímelo y no habrá aldabón
que no responda a mi brío!
¿Quieres que cuente la arena
de los arroyos más finos?
Haré lo que se te antoje,
lo que mande tu capricho,
que es mi corazón cometa
y está en tu mano el ovillo;
que es mi sinrazón campana
y tu voluntad sonido.

Nunca quise a nadie así;
voy borracho de cariño,
desnudo de conveniencias
y abroquelado de ritmos
como un Quijote de luna
con armadura de lirios.

Te quiero de madrugada,
cuando la noche y el trigo
hablan de amor a la sombra
morena de los olivos;
cuando se callan los niños
y las mocitas esperan
en los balcones dormidos;
te quiero siempre: mañana,
tarde, noche... ¡por los siglos,
de los siglos! ¡Amén! Te
querré constante y sumiso,
y cuando ya me haya muerto
antes que llegue tu olvido,
por la savia de un ciprés
subiré delgado y lírico,
hecho solamente voz
para decirte en un grito:
¡Te quiero! ¡Te quiero muerto
igual que te quise vivo!


17 diciembre, 2011

Motos y caballos

La Chicharra


   Siempre me han gustado mucho las motos y los caballos. 




   Cuando tendría sobre unos 10 años me regalaron una bici los Reyes Magos, tan grande que pareciera se la hubiera echado asimismo mi padre. Esto fue así porque no había el dinero suficiente para una moto y además ni tenía edad para conducirla ni había motivo para tal dispendio.
  Estaba loco por una Guzzi de color rojo, que tenía la palanca de cambios en el depósito y a la derecha. En fin, me tuve que contentar con la bici: era roja, preciosa, marca Orbea y no sé por qué motivo la asemeje a un caballo que mi padre tenía y no me dejaba montar, pues él y el caballo eran militares, y ya sabrán, que con las cosas de los militares y las de comer no se juega.
   A los que montan los caballos ya siempre les miraría con esa envidia sana, lo que pudo haber sido y no fue.
  En la bici tenía que hacer una postura extraña:  entremedias del cuadro metía la mitad de mi cuerpo, con el consiguiente desequilibrio que mi torpeza como principiante y natural falta de práctica aparte mi loco atrevimiento me ocasionó más de una caída. 
   Al poco tiempo ya la montaba casi bien, menos cuando se me escurrían los pedales y me daba en semejante parte, sí, ahí donde más duele o en la rabadilla, ¡aaah|, y se me escapaban palabros que herían a los oídos más viejos del lugar; entonces me subía a las pendientes más altas y, desde allí, bajaba o mejor dicho me tiraba “a lo máximo de velocidad” que decíamos los chavales. Alguna vez las heridas fueron profundas (aún conservo en la rodilla la marca de una de ellas), otras salía embadurnado del barro ; no obstante, ni me producían dolor, ni me importaba lo más mínimo la suciedad. Sí, por el contrario a mis padres. A uno, porque decía había desnivelado el manillar, la cadena la destensaba, y la estaba llenando de raspaduras y arañazos;  y a mi madre, porque decía que aquel barro no había quien lo quitase, que era como la greda, yo  muy al contrario volvía a repetir aquellas  proezas con más fuerza cada día.
   A veces con mi primo Jesús,  echábamos carreras, que siento poco decirlo, yo las ganaba, pues le tenía un poco de ganas. Teníamos la misma edad,  el estaba mucho más desarrollado que yo, más fuerte, pero un poco más torpe, menos hábil o no sentía esa intención que yo le ponía a todo lo que se refiriera a juegos,  disfrutes o amores. Era lo que se decía por entonces un golfillo. A esa edad no se ha adquirido aún la patente de “golfo”.
   Después sobre los 23 años me compré una moto Vespa por 5.000 pts. Por supuesto bastante usada, pero respondona, con la cual me atravesaba todo Madrid, y por el túnel de la plaza de Roma o Manuel Becerra disfrutaba lo mío cuando estaban por las mañanas los coches parados, en caravana e iba sorteando a los muchos  Seiscientos, Mil Quinientos y semejantes con una disposición que para sí quisiera más de uno y de dos, y además me llevaba al trabajo desde Nueva Numancia (Vallecas) a General Perón, muy cerca del estadio de fútbol Santiago Bernabéu. Mi padre a pesar de lo estricto que era, jamás me preguntó por los papeles, él me veía arrancarla, cambiar de marchas,  poniendo una cara entre sonriente y orgullosa.
   Un buen día, el mundo es un pañuelo, mi primo  y colega de travesuras y carreras, Jesús, nos tropezamos después de más de 13 años. La alegría compartida nos llevó a meternos en un “Puticlub”. Allí nos gastamos hasta lo que no teníamos; al final,  le apuntaron la deuda a él, que era conocido, hasta la próxima vez.
   Mi primo que trabajaba en un entidad bancaria la dejó, había aprobado para piloto de Iberia que era a la postre su ilusión; después de haberse su padre gastado una fortuna y él haber hecho no sé cuántas horas de vuelo, incluso fumigando. Por mi parte le dije que trabajaba en una oficina como administrativo contable.
   Hago estas aclaraciones para que se den una ligera idea de lo que posteriormente sucedió.
   Con muchas más copas de las previstas para pilotar una moto, le acercaba a su casa, y sin dar la menor importancia a nada ni a nadie arranqué a toda pastilla; reíamos, cantábamos, sorteábamos coches, pitábamos a los peatones, nos metíamos por charcos, salpicando a las chicas más bien, pues había caído un buen chaparrón, así hasta que al llegar ya muy cerca de su casa, apareció un semáforo; frené tan bruscamente que fuimos al pavimento en menos que  decir “amén”, con tan mala suerte que justo allí, en el nefasto paso, estaban los municipales con su coche. Al principio nos preguntaron si nos dolía algo, si nos habíamos hecho daño; estamos bien les contestamos, pero ahora viene lo peor; empiezan dos de los agentes del orden a dar vueltas y revueltas a la moto y por ningún sitio veían la placa de matrícula; yo les dije: "habrá salido rodando", más al pedirme los papeles, añadieron por su cuenta en tono jocoso: "habrán salido volando", aquellos jamás existieron. A la voz de “al coche” nos indicaron que subiéramos rápido ya con una expresión un tanto ruda. Y nos llevaron a una comisaria.
   Allí nos dejaron largo tiempo hasta que se nos fuera un poco la “taja” y nos dieron unas banquetas parecidas a las de algunos bares, que no llegas con los pies nunca al suelo y con el mareo piensas que de un momento a otro te la vas a pegar. 
    Mi primo se puso malísimo, empezó a devolver; estaba encogido, parecía otro, entre un color verde aceitunado y gris amarillento.
El comisario haciendo leña del árbol caído nos lo puso muy duro. Por fin nos tomaron declaración. La cosa se ponía muy fea, hasta que un golpe de azar vino en nuestro favor, y fue que nos llamáramos Luciano el comisario y yo, igual, o sea tocayos, con lo extraño y raro que es mi nombre; y cuando se relajó se me ocurrió decirle que nosotros teníamos un tío que había sido comisario de Toledo. Al contrastar los datos y confirmar positivamente lo que le había dicho ya le noté menos displicente. A pesar de ello se dirigió a mí que llevaba la voz cantante y me pidió el número de teléfono de mi padre. Y aquí fue donde le llegué al alma, cuando le contesté: “que por lo más  quiera en este mundo no le llamara, pues estaba gravemente afectado del corazón, y una noticia de esta se le podía llevar por delante”. Era una mentira que se me vino al instante, muchos años después moriría efectivamente de un infarto.
   El guión que habían escrito, de momento se les vino abajo, miró el mandamás a los municipales, y dieron el asunto por zanjado, echando lo escrito a la papelera. La comprensión que tuvo el jefe, la paciencia, y también sopesaría que en el fondo no teníamos más maldad que la que suelen dar los pocos años unidos al alcohol, y las distintas circunstancias, nos salvó.
   Al cabo de unas horas nos dieron rienda suelta, aconsejándome devolviera otra vez la moto  a quien me la vendió y le dijera que estas cosas necesitan su documentación. Lo mismo que si fuesen personas. Así lo hice al día siguiente, pues el susto fue de órdago. Mi padre creo que no llegó a enterarse hasta tiempo después,  por extrañas circunstancias de la vida; mi hermano debutó  en aquella  misma comisaría.
   Ahora jubilado, cuando se debe estar tranquilo,  me vuelven otra vez las semejanzas aquellas de mi niñez, entre la moto y el caballo.
   Eso me llevó un día a comprar una scooter de segunda mano. Al montarla siento que el manillar son las bridas; que las ruedas son su poderosísimo galope; que cuando echo gasolina le estoy abrevando agua y...cuando acelero, pico espuelas.
   La he puesto por nombre "chicharra", porque el ruido del motor es muy semejante al que hace este insecto y, desde luego, este pasado verano ha dado el cante. En otoño ha mostrado su tono de vez en cuando. En invierno espero salir también con ella, para que no se me haga perezosa. La verdad es una "chicharra" muy importante y especial para mí, me sirve de recreo, pero también  sabe donde están las ofertas de cualquier tipo. Y como es muy agradecida, la trato con el máximo cariño y la dejo que pernocte bajo mi techo. Ella tanto me lo agradece que cuando nos ponemos en marcha arranca a la primera.
   La libertad que ya he disfrutado y que me espera es inenarrable. El peligro que presiento acecha, me enerva y me cautiva. Y cuando alguna vez me tira al suelo o no arranca, como ya ha hecho, no la culpo, sino que la considero humana y me digo: “es lo que tiene el estar cansada y no darla respiro, haber trotado y galopado lo suyo, unido al tórrido verano la hacen pararse a respirar”. Todo lo doy por bueno, el ser libre  entraña riesgo, pero  da unas alegrías tan distintas a las demás que merece la pena “caerse, para después volverse a levantar y vivir para contarlo”.