29 mayo, 2012

España, un país de bares, chiringuitos y mamones

 

Juan Vicente Santacreu

Juan Vicente Santacreu


España, un país de bares, chiringuitos y mamones

24/05/2012 | 22:09 h.
España, país de bares, chiringuitos y mamones.
España, país de bares, chiringuitos y mamones.
A España, o lo que queda de ella, la hemos convertido entre todos en un país de bares y chiringuitos. ¡¡Por fin lo hemos conseguido!!. Mira que le hemos puesto empeño.
Las empresas multinacionales las hemos conseguido tirar con tantas concesiones sindicales, tantos impuestos y tanta inseguridad jurídica.
A las  Pymes, esas gallinas de los huevos de oro, les hemos estrujado tanto de los huevos que las hemos castrado.
En tecnología, hemos vuelto a la época franquista con la frase “que inventen ellos”.
En agricultura, mejor se lo compramos a nuestros “amigos” los moros y así no nos pringamos con el estiércol.
En educación... eso ya es de juzgado de guardia. Vamos a la cola de Europa y a José Ignacio Wert lo único que se le ha ocurrido para bajar el frasco escolar, no ha sido subir el nivel educativo, es eliminar 4º de la ESO que es donde se da el mayor numero de abandono escolar. Así seremos igual de burros pero mejorarán las estadísticas. Burros en Gallego, en Catalán, en Vasco,  Asturianí y Andalú. Al final de todo, seremos ¡¡BURROS!!, pero homologados. ¿O ya lo somos?
Y de las tetas del Estado, hemos mamado tanto que las hemos disecado. Por algo España es un país de mamones.
¿Qué nos queda en España? Bares y chiringuitos. Eso está bien si no fuera por el empuje silencioso de los amarillos,  esa marea asiática que va posicionándose en nuestra sociedad comprando cualquier bar que cierra, porque... ¿para qué vas a ir al bar si ni siquiera se puede fumar?.
Y hablando de fumar, espero encarecidamente que si EuroVegas se monta en España, no salga ningún político defendiendo que se pueda fumar en Casinos, salas de juego y demás, porque entonces me voy a “encabronar” y le diré a la cara: “eres un hijo de puta Nacional”.  Creo que no hace falta que explique mi cabreo cuando esa ley ha ocasionado, y sigue ocasionando,  millones de pérdidas al sector hostelero y el cierre de millones de bares con total indiferencia de políticos del PP.  Pero de cualquier forma, yo no defiendo a los bares, ellos ya son mayorcitos para protestar, yo tan sólo defiendo la libertad.
Si la sociedad tribal española no fuera tan endogámica, vería lo que ocurre a su alrededor para tomar nota y poner los remedios necesarios. En mi último viaje por Italia me pude sorprender como todos los bares están regentados por chinos. Una masa laboral que no tiene complejos para trabajar y donde, además, te preparan unas tortillas de color amarillo oriental.
¿Cuánto tiempo crees que hace falta para que aquí ocurra lo mismo? Pero tranquilo, no pasa nada, siempre nos quedaran los chiringuitos... a no ser que venga algún subnormal y también se le ocurra prohibirlos.
Mientras los españoles están entretenidos con sus Autonomías y problemas tribales secesionistas, la historia va  escribiendo la página mas negra de su guión.
Entonces, ¿qué quedará?... A una minoría de ciudadanos –que no súbditos- sólo nos quedará la dignidad para contar a nuestros hijos como los políticos  del PSOE crujieron España, los del PP la remataron y como, entre todos, robaron el futuro de nuestros niños por unas mierdas de Autonomías, que han devorado el Estado del bienestar. Por eso ahora ya no somos Estado ni tenemos bienestar.
Así lo pienso y así lo digo


Estrella Digital

28 mayo, 2012

Ola de suicidios

De EL MUNDO.es
GRECIA | Ola de suicidios

'Me he quedado sin dinero, no tengo para comer. ¿Alguien conoce alguna solución?'

Maniquíes abandonados en un edificio con el cartel de 'Se alquila', en Atenas. | AfpManiquíes abandonados en un edificio con el cartel de 'Se alquila', en Atenas. | Afp
  • Un músico griego de 60 años deja un mensaje en Internet antes de suicidarse
  • Se tiró de una azotea junto a su madre, de 90 años y enferma de Alzheimer
La tremenda crisis griega se sigue cobrando víctimas en forma de suicidios. Este jueves se ha quitado la vida un músico de 60 años arrastrando con él a su madre de 90. Según testigos presenciales, se han tirado al vacío unidos de la mano desde la azotea de un edificio en el capitalino barrio de Metaxourgeio.
Ambos compartían un apartamento en la primera planta de la construcción, de cinco pisos. Sus vecinos han dicho a la prensa griega que el músico estaba desempleado y pasaba grandes apuros económicos.
El fallecido dejó el miércoles una nota de auxilio en una página web para músicos y poetas: "Mi nombre es Antonios Perris. Durante 20 años he cuidado de mi madre de 90 años de edad. Desde hace tres o cuatro años sufre Alzheimer y recientemente ha sido diagnosticada con esquizofrenia y otros problemas de salud. Los hogares de ancianos no aceptan pacientes que suponen tal carga. El problema es que yo no estaba preparado y no tenía efectivo cuando se produjo de súbito la crisis económica. A pesar de tener propiedades y haber vendido todo lo que he podido, me he quedado sin dinero y ya no tengo para comer", escribió el músico.
"Recientemente he sufrido de nuevos y serios problemas de salud. Ninguna solución viene a mi cabeza. Suficientes propiedades pero no dinero en efectivo, lo que significa no comida. ¿Alguien conoce alguna solución?" preguntaba Perris desesperado en la web Stixoi.info.
También escribió algunos versos sobre la situación económica y política en Grecia: "Estamos gobernados por ladrones y todos sus acólitos" o "Las órdenes me dicen que me suiciden", son algunas de las frases.

Una enfermedad silenciosa

El músico y su madre son las dos últimas víctimas de una enfermedad silenciosa pero letal en Grecia: la depresión aguda. Cada día se suicidan de dos a tres griegos, según cálculos no oficiales de los colegios de doctores y ONG. Unos 2.500 helenos se habrían quitado la vida en los últimos tres años, aunque estas cifras no están confirmadas.
El último dato conocido, de 2009, arrojaba 393 suicidios, un 20% más que en años anteriores. Los cálculos no oficiales señalan un incremento del 40% entre las personas que se quitan la vida.
La mayoría de las historias de los fallecidos no llegan a los medios: "Hombre muerto tras caer al metro" o "cae de un puente" suelen ser los fríos titulares de la prensa helena. Sin embargo, hay ocasiones como esta en la que es imposible abstraerse del suceso.

Prevención psicológica

Tampoco el miércoles, cuando un hombre de 60 años se cortó las venas en un parque de Peristeri, un suburbio de Atenas. Había salido de su casa con destino al banco. Sus familiares no le volvieron a ver con vida.
"El 99% de los casos de suicidio pueden ser prevenidos, pero por desgracia no se logra en todos los casos" señala Aris Violadis, coordinador de una línea telefónica para personas al borde de quitarse la vida operada por la ONG Klimaka. "Un gran problema es que el sistema de salud pública griego no tiene medios para tratar a este tipo de personas, no puede internarlos" lamenta Violadis. Esto repercute en cientos de muertes evitables cada año.
El suicidio es un trágico síntoma de las consecuencias de la crisis económica en un país donde los tratamientos psicológicos por depresión han aumentado un 40%.

¿Por qué hay personas que viven más de 100 años?

De la revista MUY INTERESANTE

"Está en sus genes" es una frase común de los científicos cuando se les pregunta acerca de los factores que permiten a los centenarios vivir más de 100 años. Hasta ahora, la investigación se ha centrado en las variaciones genéticas que ofrecen una ventaja fisiológica, como los altos niveles de colesterol "bueno" (HDL). Pero un equipo de investigadores del Albert Einstein College of Medicine y de la Universidad Yeshiva (EE UU) acaba de demostrar que los rasgos de la personalidad como ser extrovertido, optimista, tolerante o estar comprometido en actividades que ayudan a los demás también pueden contribuir a una mayor longevidad. Los hallazgos, publicados en la revista especializada Aging, forman parte del Einstein's Longevity Genes Project.
Estudios previos sugerían que la personalidad está directamente relacionada mecanismos genéticos que pueden afectar directamente a la salud. El presente estudio, que incluye a una población genéticamente homogénea de más de 250 judíos ashkenazíes con edades entre los 95 y 100 años, se diseñó para analizar la relación entre la personalidad y los genes en centenarios.
Los análisis de la personalidad de los sujetos demostraron que, lejos de ser gruñones, los centenarios reunían cualidades que reflejaban claramente una actitud positiva hacia la vida: la mayoría eran "extrovertidos, optimistas y de trato fácil", y para ellos la "risa es una parte importante de su vida", explican los autores del estudio. Además, tenían una amplia red social.
Ahora los científicos quieren identificar la base genética de esos rasgos de la personalidad para entender mejor qué papel juegan a la hora de gozar de "buena salud y una longevidad excepcional".

Agujeros negros

Soledad Gallego-Díaz

Aquí parece ser que cuando un agujero se cierra otro se abre. No es raro el día que surjan nuevos socavones, y así no damos abasto a taponar el anterior, la mayoría de las veces, sin haber estudiado las causas que lo han producido; por tanto no es de extrañar que se vuelvan a producir cada vez con más insistencia.
Ahora el caso que nos ocupa es el de Bankia.
Es completamente necesario que se nos expliquen los motivos de tanto desastre: económico, judicial, ético. Esto es un río desbordado que no lleva más que broza e inmundicia.
Va siendo hora que a los intocables de siempre se les pase por la licuadora, se depuren responsabilidades que, por fuerza, han de existir, y no quede ni un perverso corrupto e inútil sin el correspondiente expediente sancionador.
A ver si vamos a llegar en un momento de tanta confusión y escarnio a confundir estas simas con los agujeros negros de Stephen Hawking, donde nunca se llega a ver la luz.
Soledad Gallego se ha puesto la linterna como una espeleóloga y ha profundizado en las entrañas del hombre para socavar cuanto de siniestra oscuridad anida en algunos seres depravados. 


24 abril, 2012

Que nadie sepa

elPeriódico.com
DOS MIRADAS

Que nadie sepa

Lunes, 10 de octubre de 2011
Emma Riverola Escritora 
Los bocadillos dejaron de ser de aquel jamón tan bueno. Las marcas blancas inundaron la nevera. El pollo y el cerdo, la base de la proteína. La imaginación se impuso en los guisos y los caprichos desaparecieron de la despensa. Aquellos vinos de los que tanto hablaban, un recuerdo. Se acostumbraron a no pasar por delante de algunos lineales del supermercado. Poco a poco, sin estridencias, se fueron deslizando por un tobogán que no era un juego. Tenemos al niño con fiebre, se disculparon para no ir a aquella cena. Una migraña. Una visita inesperada… Las excusas se iban acumulando. Y ellos cada día más encerrados. Haciendo sumas y más sumas que nunca cuadraban. Precipitándose en un descenso cada vez más rápido e imparable. Llegó el día en que ninguna de las tarjetas funcionó en la caja del supermercado. Qué raro, llamaré al banco, dijo ella, guárdame las bolsas que ahora vuelvo. Más excusas. Más vergüenza. El vértigo, ya imparable. La angustia cortando la respiración y el pensamiento. No hay crédito. Todo el dinero para la hipoteca. Un día se descubrieron suplicando a una asistente social. Otro, recogiendo una botella de zumo, dos de leche, pasta, arroz, aceite, pollo… Todo lo colocaron rápidamente en el carrito de la compra. Nada más llegar a casa desprendieron las etiquetas: Programa de la UE para el Banco de Alimentos. ¿Cómo hemos llegado nosotros aquí? Que nadie vea. Que nadie sepa.

22 abril, 2012

En busca de la verdad

La verdad o la falsedad - Alfred Stevens
Para contar no es necesario meter el dedo en la herida, es decir; no hay que abusar de la miseria humana que nos lleve a perder los estribos, a martirizar incluso al que se pudo equivocar, a perseguir, culpar o condenar con toda la inquina, el rencor u odio al malhechor.
Hay que contar la verdad, para ello es necesario aportar datos contrastados, sin eufemismos, tampoco con exageraciones, paso a paso, con el máximo detalle, -con pelos y señales- y que solamente sea nuestra meta la de llevarnos a un final esclarecedor, donde no haya lugar a la duda y nos permita conocer que es lo que exactamente ocurrió, sin dejarnos influir jamás por ninguna circunstancia que pueda alterar esa búsqueda imparcial, limpia y justa. El que busca o dice la verdad va a pecho descubierto y no teme o debe temer lo que le pueda venir encima, porque siendo aquella poderosa nada es capaz de vencerla, ni el más tirano ni el más abyecto personaje.
Hay que conceder también a la otra parte su libertad a poderse defender, a negar si hubo manipulación, estando en su derecho si ve en algo que pudiera ser una villanía contra su persona o grupo, denunciarlo en su caso con las consiguientes indemnizaciones por daños y perjuicios. Que sepa el difamador, injuriante o maledicente que no puede ir libremente por la vida montándose su novela o su película. Si lo que cuenta es una patraña, lo de “irse de rositas”, nada de nada. Este sujeto o sujetos son los que mayor daño hacen a la sociedad, porque a conciencia la sublevan, la deforman, la engañan y pueden llegar con su conducta a condenar a un inocente.
Las generalizaciones sobran y en una acusación “nunca se podrá tirar la piedra y esconder la mano”, cosa que a menudo ocurre, y se habla o se escribe en una gran mayoría de las veces, “se dice el pecado y no el pecador”, y aquí ese juego no vale, por lo menos a mí no me vale. Quién se esconde detrás de ¿…alguien, hay personas…algunos, etc.?, no merecen mi respeto y veo la cobardía y la falsedad intrínsecamente unida. Cuando esto último ocurre por sistema, lo contemplo como un complejo de inferioridad.
Es fácil sacar a la luz una oscuridad, alumbrar y demostrar sobre todo lo que algo está todavía en el fango, desenterrarlo; pero también es muy fácil caer en ese cieno, embarrarse, y ser prisionero de su ego, por haber querido ser un héroe o un valiente, y haberse convertido solo en un insensato, en un osado irresponsable, precipitado hacia la  calenturienta ligereza y la colérica venganza.
Desde luego si por algo admiro a Antonio Muñoz Molina es porque al leer sobre todo sus artículos, desde 1990 hasta hoy, aparte del valor narrativo, ya que un día sí y otro también son una denuncia generosa y valiente, pero con acumulación de datos, bien sea de obras o de nombres continuamente; y cuando piensas que claro ha sido o que coraje tiene este hombre, a mí no me extraña nada: pues lo he visto torear en plazas más duras a miuras con malísimas intenciones, ¡vamos!, “resabiaos”.

                            

Tiempo de contar

EL PAÍS
IDA Y VUELTA


Óscar Jaenada en una imagen de la película 'Todos estamos invitados',de Manuel Gutiérrez Aragón.

Hay que ponerse a contar. A contar en el sentido aritmético y en el sentido narrativo. Hay que contar para recordar y hay que contar para comprender, y hay que contar también para que el recuerdo y la comprensión de lo vivido por otros se transmute en experiencia personal de esa manera íntima que quizás sea posible a través de la literatura, o de esa forma de novela visual que es el cine. Hay que contar exactamente lo que pasó y hay que empezar a hacerlo ahora que todavía viven y están lúcidos la mayor parte de los protagonistas, los testigos, las víctimas no ejecutadas. Hay tiempo, pero es urgente. Y no solo porque, como reflexionó con tanta melancolía Primo Levi, la memoria es falible y se debilita a cada momento. Hay que contar para que no se imponga la tergiversación y para que los verdugos y los responsables no cuenten con ese eficaz aliado del crimen, el olvido.
Hay que contarlo todo, desde luego. No se mata ni se tortura a nadie, ni a quien ha matado o torturado. Y hay que contarlo todo no por equidistancia sino por amor a la verdad y porque sin el recuerdo completo no es posible ese logro tan difícil, y sin embargo tan necesario, la reconciliación, o al menos la convivencia razonable. Hay que contar el número de los asesinados, de los perseguidos, de los chantajeados, de los expulsados, de los torturados. Es importante la máxima exactitud posible de las cifras para hacerse una idea de la magnitud de la epidemia. Hay que saber cuántos se fueron porque ese número es un indicio del éxito de quienes mataban o acosaban para limpiar el censo electoral de votos hostiles. Habría que saber, pero no es posible, cuántos que deberían haber alzado la voz eligieron callar; cuántos fingieron aquiescencia con la conformidad impuesta por los criminales; qué porcentaje de gente hace falta que se someta o que calle para que una comunidad entera quede sometida, sobre todo en esos lugares donde se conoce todo el mundo y no es posible el refugio del anonimato: un claustro de instituto o de facultad, por ejemplo, un pueblo pequeño, una empresa. Es relativamente fácil contar el número de los asesinados, los heridos, los mutilados para siempre, pero no puede hacerse el censo fiable de todas las vidas que quedaron destruidas o dañadas por la lenta onda expansiva de cada crimen, que prolonga su efecto, invisible desde fuera, a través de los años y de las generaciones.
Hay que contar para recordar y hay que contar para comprender.
Para saber algo sobre eso hace falta la otra forma de contar: la narrativa. España es un país en el que se reivindica la memoria tan perezosamente, tan retóricamente, que los mayores esfuerzos tienden a hacerse cuando quienes pudieron y debieron contar están ya muertos. Hace falta levantar el gran archivo oral de todos los que han sufrido, los que han vivido para contarlo, los conocidos y los desconocidos, los iletrados y los filósofos, cada uno de ellos depositario de una tesela en lo que será el gran mosaico de una historia monstruosa, y quizás también ejemplar. Algo tienen siempre en común todos los verdugos ideológicos, los intoxicados por la religión y los intoxicados por el milenarismo político, y los peores de todos, los que de un modo u otro han combinado los dos, y por lo tanto han matado todavía con más convicción, porque se aseguraban la salvación de las almas al mismo tiempo que creaban el paraíso sobre la tierra: tienen en común que no ven personas individuales, sino grandes grupos humanos, abstracciones sagradas y abstracciones repulsivas, masas que merecen la salvación o masas que merecen el exterminio. Ven al proletariado, ven a la raza, ven al pueblo, y los ven en una apoteosis de beatitud o de maldad, ven a la comunidad de los fieles o a la de los infieles, pero más allá no ven nada, y si se fijan en alguien en concreto es para verlo como la representación de algo, de alguna clase de identidad colectiva, y a continuación lo idealizan o le pegan un tiro, lo abrazan o lo expulsan, pero siempre sin fijarse mucho, porque padecen una extraña aflicción ocular que les impide distinguir rasgos individuales, o porque consideran que esos rasgos carecen de importancia.
De modo que frente a las abstracciones hay que levantar las identidades personales y los nombres, meticulosamente, y para eso nada más útil que las artes narrativas, las novelas y los cuentos y los libros de memorias y las crónicas, los documentales y las películas de ficción. Otra cosa que tienen en común los verdugos y sus cortesanos es la facilidad para el olvido, la urgencia casi jovial por “pasar página”, por “mirar más hacia delante y menos hacia atrás”, etcétera. No hay injurias más fáciles de olvidar que las que han sufrido otros, sobre todo si es uno mismo el que las ha cometido. Y como también explicó Primo Levi, los que han cometido crímenes o han sido cómplices tienen la extraordinaria facultad de convertir la mentira sobre el propio pasado en recuerdo verdadero. Cuanta más información haya, cuantos más testigos hablen, cuantas más historias se cuenten, más difícil será que prevalezca la mentira o que se imponga demasiado pronto el olvido.
Algo que tienen en común los verdugos y sus cortesanos es la facilidad para el olvido.
Cuando uno está lejos le afectan todavía más ciertas historias. Me acuerdo de la pena inmensa de ver hace unos años en el Centro Rey Juan Carlos de Nueva York el documental de Iñaki Arteta sobre algunas de las víctimas menos conocidas del terrorismo, Trece entre mil. Y esta semana he revivido ese mismo desgarro viendo en el Cervantes, que dirige ahora con energía recobrada Javier Rioyo, la película de Manuel Gutiérrez Aragón Todos estamos invitados, y escuchando a dos novelistas que han escrito con claridad y potencia literaria sobre las vilezas más sórdidas de las que se alimenta el terrorismo, José Ángel González Sainz y Fernando Aramburu. Gutiérrez Aragón muestra cómo el crimen, el chantaje y el miedo pueden coexistir fluidamente con los rituales de una sociedad próspera en la que el pistolero y su víctima viven sumergidos en una misma y vaga zona gris en la que se confunden los cómplices, los instigadores de manos limpias, las personas decentes pero cobardes, los indiferentes, los distraídos. En Ojos que no ven, González Sainz hizo una crónica de lo real que tiene por dentro una armazón de fábula. Años lentos, de Fernando Aramburu, es una novela construida con esa infrecuente destreza que alía la transparencia y la complejidad: una novela sobre gestaciones más o menos frustradas —la de una criatura, la de un joven terrorista— que trata también de la gestación de una novela. Los “años lentos” son los del declive a la vez desganado y siniestro del franquismo, ese pasado ya remoto que en las páginas de Aramburu nos da escalofríos a quienes lo conocimos, un tiempo de torturadores bronquíticos de tabaco negro y palillo de dientes y de sotanas lúgubres que empezaban a bendecir a los pistoleros tan untuosamente como recibían bajo palio al viejo tirano sanguinario.
Para esto vale el oficio al que nos dedicamos: para que nada se quede sin contar.
Trece entre mil. Una herida abierta (2005). Iñaki Arteta. www.treceentremil.com. Todos estamos invitados (2008). Manuel Gutiérrez Aragón. www.clubcultura.com/clubcine/clubcineastas/gutierrezaragon. Ojos que no ven. José Ángel González Sainz. Anagrama, 2010. Años lentos. Fernando Aramburu. Tusquets, 2012.
antoniomuñozmolina.es
Manuel Gutierrez Aragón